DCIM101GOPROEs curioso salir a comprobar cómo nos las gastamos los mexicanos celebrando la Navidad y fiestas de fin de año, y si dejamos a un lado los extremos, tanto el segmento que “celebra por celebrar” cualquier fecha de asueto o no, y los que… cumplen con los ritos de las iglesias y (aún) hacen posadas tradicionales con cantaletas peregrinas, piñatas y colación, se engalanan con cajas y cajas… y más cajas que desempolvan para exhumar adornos anuales, reliquias familiares y alguna otra caja de adornos nuevos que se irán sumando con los años, desde “el Nacimiento”, pequeños, de burda escayola o de magnificencia barroca que algunos presumen en jardines y fachadas con el medio oriente completo, pero cada vez más se impone la estética trasnacional vía san Nicolás con todo y renos, hombres de nieve, en frenéticos colores de neón de foquitos programados.

Pero hay un importante segmento poblacional que “padece” la Navidad, y según investigaciones de-no-sé-dónde hay comportamientos cíclicos asociados a estos “festejos” que se convierten en desahogos muy típicos de estas fechas, pero que después de todo, pensándolo bien, o afecta a muchas más personas que un segmento o, de plano es contagioso, por lo que veo.

Me explico, las horas antes a la nochebuena, incluso desde noviembre en algunos prematuros mercadeos en las tiendas departamentales junto con las ofertas prenavideñas nos empujan los villancicos más trillados hasta casi obligarnos a tararearlos, a menos de ser inmunes vía i-Pod o similares, pero esa cantaleta de amor, paz y armonía, parecen difíciles trofeos a obtener, por la buena o por la mala, como una especie de mini maratón obligatorio en código de reality show extravagante, con obstáculos ridículos como elegir los regalos más “originales” para el infame “roperazo” que organiza la empresa como estilo “alternativo” del no menos infame “intercambio de regalos”, en que no sólo hay que apechugar la ocurrencia de algún jefecillo de fijar un “precio mínimo” ridículamente alto para el artículo a regalar, y además hacer días de espionajes y trabajo de inteligencia para conocer los gustos de tu “amigo secreto” que te tocó regalarle, y entrar en un no menos ridículo juego de roles que se le ocurrió a la directora para mandar estúpidos acertijos con el fin “de conocernos mejor”, y en un afán democrático los jefes entran al intercambio, siendo realmente una ruleta rusa si te toca alguno de esos arrogantes “amig@s secret@s”. ¿Cuándo y cómo surgieron estas complicadas nuevas tradiciones? Se lo dejamos a los futuros analistas.

Regresando al tema, ¿serán sólo los mexicanos los que padecen de “frustración navideña”? ¿Tiene usted síntomas temporales de tristeza, nostalgia, coraje, resentimiento, rencores acumulados, autodestrucción alcohólica, química, sicotrópica, ludópata, sexomaniaca?

Por supuesto que no sólo les pasa a los mexicanos… Allí está Hollywood, como primera ocurrencia, el Grinch, antes los dramas a la Dickens, pero como reza el sobado cliché, la realidad supera a la ficción, y el 24 de diciembre de 2013, para mí fue un recordatorio peculiar, del intenso mundo en el que vivimos, por decirlo de la manera más amable. Esa mañana, desde que desperté, o mejor dicho, me forzaron a despertar, luego de que la noche anterior decidí desvelarme, pensando en la paz y tranquilidad de un 24 de diciembre como todos, aunque con realmente pocas cosas que celebrar, que no sean el rutinario ritual social, familiar y de consumo, pero al menos tener un poco de tranquilidad y levantarme tarde. ¡No señor! A las 7 de la mañana me despertaron unos campanazos tan cercanos que en ese instante soñé que me tragaba un volcán submarino con cara de Kraken, pero en ESTA realidad, era el “chavo de la basura”, justo debajo de mi ventana enderezando a martillazos los tambos de metal con que realiza su indispensable trabajo.

Su expresión era tan cejuda y su peinado tan punk que no osé interrumpir su afán. Me levanté a tomar un expresso y brinqué a pasear al perro, en una mañana muy fresca, casi fría, y me sobresaltó ver en varios árboles sendas bolsas enormes con basura y objetos depositados a-la-buena-de-dios, desde zapatos hasta electrodomésticos desvencijados, y un minuto después el chavo punk ni siquiera considera levantarlo porque nada de eso tiene valor y porque nadie le paga por llevarse esos cadáveres mercantiles.

Justo después de desayunar, salgo a la calle y me sobresalta un (des)concierto de bocinas de automóviles, de conductores enloquecidos ante cualquier mínima “provocación” encarnan una neurosis galopante, desde la señora que se ataranta y delira en el crucero con su arquetípica camionetota todo terreno, o casos extremos, como en esta ocasión, que chocan un taxista y un “mudancero” que bloquean impunemente con sus vehículos la estrecha calle estúpidamente de doble sentido –por la cual todos quieren transitar porque es la del mercado, de los pocos populares que quedan en la ciudad–, y en un tris todo es liarse a cachetadas durante unos 30 segundos, con muchos gritos y aleteos, hasta que un estridente tsunami de bocinas los hace entrar en razón y largarse con sus ganas de fastidiar a los demás.

Camino dos cuadras y a varios peatones llama la atención una pelea de pareja en plena calle a pocos pasos del Metro Eugenia, al salir de una pastelería, ella y él, los dos corpulentos, pasan del 1.80 m de estatura, vestidos con ropa negra y pesada, abrigos y bufandas, ambos con lentes de aumento, cargan hasta el tope en cada mano de esas enormes bolsas que dan en las tiendas departamentales para que las atiborren de ¿regalitos? El hombre apresura a su acompañante y ésta, “de la nada”, se dice fastidiada con las prisas de este cabrón y deposita con furia sus fardos en el suelo y le espeta ante los risueños transeúntes: “¡ya no voy a cargar estas chingaderas, cárgalas tú!”, y como si un director de televisión le hubiera dado la señal, el caballero de negro le responde con rancio dramatismo: “¡No me hagas esto, Sofía!”, pero apenas terminó, ella le reviró: “¿Qué no TE haga esto?”, y él de nuevo ante la señal como en close up, se limita a mirarla con brutal desprecio, remoliendo las quijadas, se da la media vuelta y se aleja, y yo hice lo mismo hacia el otro lado, y no había caminado una cuadra cuando pasó un automóvil con una familia nuclear, donde la mujer, en el lugar del copiloto, vocifera en la cara del conductor, con voz operística pero demasiado aguda: “¡ya estoy hasta la madre de tus pendejadas!, ¿me oíste?”, cantos seguramente cotidianos para los dos niñitos que viajan con miradas de elfos navideños, colgadas del vidrio trasero.

Voy a pasear a los perros de una amiga que salió de viaje unos días, y aproveché para hacer este registro antropológico empírico y “al vaporazo”, y trato de entender los comportamientos que no se ven en otras épocas del año, que son típicas de la temporada decembrina, cuando todos ven volar sus aguinaldos en vacaciones atropelladas y desgastantes, y en gastos superfluos exigidos por la tradición, en lo que se llama el “puente vacacional” Guadalupe-Reyes, que bien podría ser el nombre de un maratón de temporada de dispendio y consumo frenético.

Muchos tienen que trabajar, y deploran que otros no lo hagan, como el joven treintañero que se ofusca en el teléfono celular con ojos desencajados, y la mano libre ataca el aire como cuña de lanza, sudorosa y amarillenta palidez de su rostro redondo y cansado, frente a un poste de luz, como si fuera su interlocutor: “¡lo único que te quiero decir es que ellos son dos pinches viejos que lo único que hacen todo el día es ver la puta televisión!”. A lo lejos escucho: “… ¡mientras que yo me reviento el lomo para darles de tragar!”

El paseo de los pequeños caninos fue breve porque desde el camellón de la avenida donde pasta este par de chihuahuas soy testigo de un accidente: un motociclista sin casco es aventado por un automovilista mayor, distraído con el teléfono celular. En menos de un minuto llega una patrulla pick-up, se sube al camellón y aniquila a dos arbolitosen a su paso; un grupo de hombres se ofrece para subir la moto a la camioneta, que tiene varias partes desprendidas, el hombre que la manejaba está bien pero visiblemente aturdido y espantado. “¡Que le den limón!”, diría mi abuela. El padre de familia espera detenido en un auto patrulla, obviamente utilizando el celular. Todo esto salió bastante barato, Navidad en el Ministerio Público, pudo ser en el hospital o en la morgue.

No sé si en todas las ciudades y si en otros países se vuelca de tal manera la emoción vacacional decembrina, pero la densidad por habitante de mi observación me da una idea de los alfileres de los que pende a veces la armonía y el susodicho bienestar, porque la prosperidad, por lo menos es relativa, sobre todo si la medimos con la capacidad de consumo. Hace unos días los comentaristas de radio Leonardo Curzio y Ricardo Raphael, no le dieron a esta ciudad más de año y medio para que se colapse, y eso sí será democrático, tal vez.

Una explicación más profunda que podría acomodarse para los mexicanos que se enojan y hacen pancho y medio para desfogarse en estos días, podría invocarse una razón ancestral, y en cierto modo congénita y que aplicaría para toda América Latina: no somos de aquí, ni de allá, somos mestizos, producto de una conquista y aculturación brutal, y para darle lustre sociológico, antropológico, voy a cerrar con una tal vez larga pero necesaria cita, que a mí, me explica algo, como destaca Fernando del Paso en su impresionante libro Bajo la sombra de la historia, parafraseando a Borges cuando hablaba de la condición de ser moderno, el escritor mexicano lo aplica al ser sin remedio occidental: “no se puede no ser occidental si se es occidental”, aplicado en el marco del concepto de “choque de civilizaciones”, y es interesantísimo, atrapados entre la religión católica que trajeron los españoles en la espada y la economía de mercado gravitacionalmente dependiente de nuestro jupiterino vecino, Estados Unidos, que también en últimos años ha coadyuvado el crecimiento del protestantismo en México, con su ética del trabajo, y de alguna manera trabajamos para satisfacer las necesidades de ese mercado y satisfacer aspiracionalmente las nuestras, vitales y artificiales, en un ciclo interminable, toda la vida, con el alma en paz.

Desde la doctrina Bush, y la versión Obama, se instrumenta desde Washington y el vetusto complejo industrial militar, la política del miedo con un impresionante despliegue mediático, y de los poderes fácticos, como un segmento de la industria cinematográfica y televisiva, y Del Paso escribe:

 “en el mundo occidental, en particular Estados Unidos, vive otra clase de esquizofrenia que ha comenzado a contagiar al resto de las naciones que forman parte de él: han creado una civilización del miedo: miedo al terrorismo, a las armas químicas y biológicas, a la impotencia sexual, al Alzheimer, al sida, a los árabes, a los mexicanos, al cáncer, a la diabetes, al asma, a la osteoporosis, a la obesidad, mil miedos, en fin, que todos los días se encargan de alimentar los mismos noticieros y diluvios de spots que, al mismo tiempo, les prometen a los ciudadanos edenes artificiales representados por automóviles de lujo, cruceros por las islas del Caribe o los fiordos noruegos, asombrosos enseres domésticos, medicamentos profilácticos y aparatos de gimnasia milagrosos, regeneradores de cabello, viagra y mil cosas más, todo aquello que además , y para decirlo con palabras de [Alexandre] Del Valle: ahonda la frustración de aquellas sociedades cuyo nivel de vida no les permite consumir los seductores productos de un sistema que se caracteriza por su hedonismo”. Como resultado de todo esto, hoy día a millones y millones de personas las agobia, desde muy jóvenes –apenas salidas de las universidades–, la posibilidad de la imposibilidad de acceder al casi paraíso de los consumidores afluentes y las abruma la posibilidad futura de caer en un casi infierno en vida, representado por la brutal incertidumbre de un futuro sin pensiones decorosas y sin seguros de gastos médicos mayores”.

Bueno, vale por una explicación densa de estas fechas, en que se ve la cruda realidad de los castigados sueldos e ingresos de una gran mayoría que babea ante los escaparates navideños desbordados de fabulosas mercancías, con las tarjetas de crédito al tope y algunos sin aguinaldo porque ya se lo quemaron en el “buen fin”… Y falta la cena de año nuevo, y los famosos reyes… ¡Pobres hígados nuestros!

Del Paso, Fernando, Bajo la sombra de la historia. Fondo de Cultura Económica, México, 2011, p. 550

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