Don Carlos Pascual se va pero ¿vienen tiempos aciagos?

Este fin de semana la noticia que inundó las notas periodísticas, columnas, noticiarios de radio y tele, portales de Internet y redes sociales, fue la renuncia del embajador de Estados Unidos, Carlos Pascual. ¿Qué tanto influyó la pequeña campaña de “no me ayudes compadre” de Calderón ante la prensa gringa el 3 y 4 de marzo en Washington y la “ley del hielo” que se le aplicó al vampírico diplomático? discutirán los analistas. Pero se equivocan quienes por ingenuos, tibios o aviesos quienes pretendan que tuvo alguna influencia la rabieta presidencial producto de la herida fluida del sangrante Wikileaks, indignado por los términos en que mister  Pascual vapuleaba a la mexicana inteligencia de las fuerzas armadas, policías, etecé, etecé. Todavía mister Pascual se regodeó en si cinismo al acudir a Ciudad Juárez y seguir regando el tepache verbal tal vez a sabiendas de que pronto haría maletas.

También se equivocan quienes se escandalizan por estos gordos y salitrosos paquetes de información porque lo que no está, lo que no se dice en los despachos documentados o de seguridad nacional, militares o lo que sea, por muy confidenciales que sean, no revelan más que un rincón de la humedad de unas catacumbas históricas que se remontan a hace ciento cincuenta años esa misma tropica-narcolandia que los gringos consideran desde siempre el “patio trasero”, antes de que lo dijeran abiertamente. Se olvida tal vez que embajadores como Henry Lane Wilson, en uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia, la mítica Decena trágica, cuando arengó a la turba para traicionar al gobierno de Madero y alentar, muchos dicen que confeccionar intelectualmente el magnicidio.

La señora Hillary Clinton operó esta renuncia simple y sencillamente porque dejó de ser funcional a los intereses de Estados Unidos en su relación con México, y ahorita lo que menos necesitan es al gobierno vecino de debajo de “hijo desobediente”. Quieren que siga con sus soldados y policías con sobrepeso la persecución de narcos armadísimos hasta los dientes y en esa lógica prestarle a los mexicanos esos aviones tan chidos no tripulados para que persigan a los narcos, porque eso sí, las encuestas que todo lo saben dicen que más de la mitad de los mexicanos estarían de cuerdo en que interviniera alguna fuerza extranjera en esta guerra.

Nuevamente se equivocan quienes ven el plano de la guerra contra el narcotráfico el eje principal de las acciones y ven a agentes de varias agencias persiguiendo a la competencia del Chapo Guzmán, no, no, no, lo que quieren los gringos es desestabilizar a México para asegurar las llaves de los recursos estratégicos, llámese energéticos, agua, biodiversidad, con el pretexto de que la violencia pone en riesgo “su” seguridad geoestratégica.

Luego entonces, qué bueno que los mexicanos crean que los aviones vienen por los narcos y para informar a los que ya sabemos que consideran poco menos que ineptos mandos militares y policiales de México: que quede claro que esos aviones realmente buscan escanear el territorio nacional para dar cuenta no a ese buen deseo llamado Obama, títere de los intereses del complejo industrial militar, ávido de más guerras y expansionismo. Se busca tener una relación topográfica de los yacimientos estratégicos de minerales no sólo de metales preciosos, sino de otros más poderosos como el uranio, el agua, además del consabido y cada vez más codiciado petróleo. Pero no sólo eso: información es poder y poder es control, y el monitoreo del movimiento de las fuerzas armadas, policías, y cárteles de la droga podría dar al Pentágono todo para incluso administrar a su antojo la guerra contra el narcotráfico y alimentar la información necesaria para hacer una película de narcoterroristas insurgentes a los que hay que aplacar indefinidamente de este lado de la frontera.

Gente como la canciller Patricia Espinosa tiene la misión de tapar el sol con un dedo, eso se ve desde que está en el puesto, pero de los mexicanos depende si se va a vitorear una fuerza de ocupación, se le ponga el nombre que sea, “sucio y bochornoso”, “cínico y pomposo”, o sen va a exigir a los políticos ser patriotas por una vez en su vida, Ninguna de las dos, dice la que fuera canciller del ‘97 al 2000, hoy senadora Rosario Green, no va a quedar otra que “mexicanos al grito de guerra”.

Desgraciadamente podría ser sólo cuestión de tiempo.

* De La Jornada del domingo 20 de marzo, el mejor de tantos cartones sobre la “renuncia” de Pascual.

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